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La enfermedad de los poetas

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El hombre que viste una boina
entre sus barbas esconde secretos,
con aroma a café por colonia
es uno más de los nuestros.

Fuma demasiado, demasiado bebe,
borracho pinta cuadros desordenados.
Ama hacer lo que no se debe,
llama a tu alma a reparar el pasado.

Ha conocido el amor tantas veces
que parece que nunca se atará.
Y es que una mujer no merece
a un loco que solo sabe del quizás.

El mundo no parece tan malvado 
cuando agarra un fino pincel
y decide contar lo que ha amado,
tatuar la emoción en panel.

Aquel de allí, el de la esquina,
escribe relatos, adora leer.
Siempre porta un libro, medicina
contra la fe dice él que es.

Alguna vez he leído sus novelas
y desordena tanto la vida
que parece que nos consuela,
que puede cerrar heridas.

En juventud fue marinero argentino,
un celestino de te quieros veloces.
De norte y sur pionero sin camino,
pero tu amiga mía ya le conoces.

Allí dejo a quien le inspiró
para el resto de sus días infelices,
a quien le castigó el corazón
hasta llenarlo de cicatrices.

Ella, la chica que ocupa la terraza,
viene menos. Tiene un don enorme,
nunca calcula sus pasos, nada retrasa
y no permite que nadie el tiempo le robe.

Deberías verla poner sus fríos dedos
sobre la vieja flauta plateada.
Por un instante todos los miedos
abandonarán tu cabeza cansada.

De ella aprendí que se puede viajar
sin billetes, ni monedas.
De ella aprendí que se puede soñar,
que se puede lograr lo que uno quiera.

Realmente es un orgasmo para melómanos
y yo siempre fui adicto a tal bendición.
Es por eso que cedo el bar en el que estamos
y le permito regalarme su audición.

Ah! Ese joven que acaba de entrar
sueña con ser como esta chica.
Pero nunca jamás para de pensar,
le da vueltas a todo y se complica.

Sin embargo, cuando agarra el lápiz
y deja la mente en blanco al fin,
habla con el alma y eso no es fácil,
pero lo raro es que para el sí.

Pasa las horas muertas en esa mesa,
entintando folios, con las ojeras
eternas y la pasión del que besa,
y hay algo de él que me desespera…

Su vergüenza, tantas cosas que decir
y nunca se lanza a cantar sus letras,
se amarga intentando ser feliz…
tal vez sea la enfermedad de los poetas.

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